lunes, 1 de diciembre de 2008

Sobre dudas y normas del español


El 10 de noviembre del año 2005 se presentó el nuevo Diccionario panhispánico de dudas, una obra de consulta de gran formato, dirigida a todos los hispanohablantes que desean usar adecuadamente su idioma. En orden alfabético responde miles de dudas, con respuestas claras y bien fundamentadas. Se aceptan imprimido y adecua, el femenino jueza pero no el de fiscal que se mantiene como la fiscal, aclara neologismos, homonimias, latinismos, giros impropios, calcos semánticos censurables, locuciones, variantes dialectales, jergas, extranjerismos, etc. Recomienda consultora o consultoría en lugar de consulting, etc. Como siempre, se muestra remiso respecto al léxico económico, pero más comprensible que en el Diccionario usual. Se dan indicaciones precisas para el uso de las siglas y las abreviaturas. Es un diccionario con autoridades, porque cada cuestión se fundamenta en el uso de algún prestigioso escritor y aquí otro gran mérito, que aprovecha los compendiosos corpus que ha reunido la Real Academia Española en los últimos años de sorprendente renovación.
Las Academias aconsejan y recomiendan, y en ocasiones desaprueban un uso determinado, reconociendo si es necesario la variedad de registros y estilos presentes en los diversos dialectos de nuestro idioma, aunque advierten: "el habla culta prefiere...", "es más común en el habla formal el uso de...". Aunque la conciencia normativa es un hecho cultural, una convención histórica hasta cierto punto arbitraria y mutable, su existencia es innegable y no es labor de las Academias confundir al lector porque “puede hablar como quiera”, sino encaminarlo hacia la forma más generalmente aceptada o aún preferida por los propios hablantes, que son los que al fin y al cabo dirigen el barco de nuestro idioma.
En la conciencia de la unidad de nuestra lengua han tenido mucho que ver las Academias de la lengua, que no merecen ya (no sé si lo merecieron alguna vez, realmente), el vilipendio o la burla de quienes las consideraban instituciones retrógradas, elitistas o apartadas de la realidad. Su Gramática o su Diccionario han sido referencia imprescindible desde el siglo XVIII aún para quienes nunca han tenido uno en sus manos. Más aún su Ortografía. Ninguna de las varias que se elaboraron en los siglos de oro tuvo aceptación general. Tampoco prosperó la que impulsó Andrés Bello en Chile, a mediados del XIX (la que Juan de Arona rechazó con su habitual vehemencia). La Ortografía de la Academia, desde su primera edición (1741) ha sido acogida (aunque a veces se discuta) por todos los hispanohablantes. Como recuerda Antonio Alatorre, todos la obedecieron cuando, a mitad del siglo XX, ordenó sucesivamente quitar el acento de fue, vio y dio y ponerlo en búho, retahíla y cohíbe. En algunos casos la Academia no ordena, sino aconseja: admite período con acento y psicología con p-, pero aconseja suprimir esa tilde y esa p-. El acatamiento universal de las normas ortográficas de la Academia es un síntoma inequívoco dice Alatorre, de nuestra conciencia de la unidad de la lengua. El nuevo DPD, que dedica un gran espacio a dudas ortográficas (palabras que se escriben juntas o por separado, uso de mayúsculas y signos de puntuación...), tiene la virtud de estar avalado por el acuerdo unánime y la autoría conjunta de las veintidós Academias de la Lengua Española.

He leído por ahí que acusan a las academias americanas de claudicar ante los españoles en eso de que la ch no se considere ya una letra sino un dígrafo, pero no entiendo qué virtud de nacionalismo hay en este asunto, si la ch siempre fue un sonido (mejor dicho, un fonema) representado por dos letras, y su lugar en la inclusión del diccionario no tiene mayor relevancia que la de facilitar la consulta (también electrónica).
Algunos han pensado que la naturaleza histórica de la norma exime su cumplimiento, porque "no admite una comprobación científica" (en particular respecto a que no se dice haiga, sino haya, aunque el español clásico lo admitiera). Por eso habría que admitir la granaceptación que tiene, hasta en la nomra culta peruana, la pluralización del verbo haber en frases impersonales: habían personas, hubieron problemas... La norma es una creación cultural, que se basa, en cualquier caso, en un prestigio real que reside en la conciencia de la mayoría de los hablantes. Todos podemos cometer errores, pero sabemos de alguna manera que hay un ideal que debemos respetar, y las Academias no hacen sino presentar de forma clara este ideal "estandarizado" de alguna manera (por ello han de estar atentos a la expresión literaria que lo refleja). La “omnipotente” ciencia moderna, con una visión estructuralista, pretendió no tomar en cuenta ningún aspecto subjetivo en el estudio del lenguaje y las normas se despreciaban considerándolas tradiciones absurdas y anticuadas. La presión fue tanta que la Academia no ha publicado una Gramática normativa desde 1931. En 1973 publicó un Esbozo con idea de que sirviera como base para una discusión colegiada. Alarcos publicó su Gramática de la lengua española en 1994 bajo el sello académico, pero con la condición de que no se le otorgara valor normativo.
El Diccionario panhispánico de dudas abre ahora el camino de un nuevo consenso entre los académicos, principalmente porque el público hispanohablante (en especial los medios de comunicación, las administraciones públicas y el sistema educativo) ejercen como nunca presión en sentido contrario. Exigen que la Academia dicte normas claras e "inapelables"; no quieren discusiones científicas, sino soluciones precisas a las dudas concretas que presenta el uso cotidiano del lenguaje. En su ausencia, varios medios de comunicación impusieron sus propias normas de estilo, como el Manual de español urgente que elaboró la Agencia EFE y los “Manuales de estilo” que formularon muchos periódicos, como El Comercio. El mercado editorial vio aquí un rico filón y las librerías se llenaron de normas de "español correcto", cuyas ventas no dejaban de crecer, informando pero también confundiendo al público con opiniones normativas no académicas que, en última instancia, se basaban en el criterio (más o menos acertado) del autor o grupo de autores (casi siempre peninsulares) que eran mirados con envidia por los lingüistas "científicos" por los suculentos ingresos que obtenían con ello. Esto ya había pasado en el siglo XIX y fue Arona quien puso la voz de alarma frente a esas "ultramarinas gramáticas de Castilla" que querían imponer una norma peninsular hasta en el más nimio detalle. El reto es, siempre, la unidad ideal en el marco de la diversidad de realizaciones y la multitud de diferencias dentro de un sólido conjunto de coincidencias.
Por fin las Academias han puesto las cosas en su sitio y nos han brindado un instrumento realmente válido para todos los hispanohablantes. Las Academias preparan además la nueva edición de su Gramática, que quiere ser también panhispánica, con respeto por las variedades dialectales pero con sentido de la norma y también fundamentos científicos para la explicación de todos los aspectos minuciosamente descritos. Mientras el alemán y el portugues afrontan con no pocos debates y resistencias reformas ortográficas constituidas sin el consenso suficiente, el castellano reafirma su voluntad de mantenerse, como decía Bello, como signo de fraternidad entre las naciones.
Como toda obra humana, el Diccionario panhispánico de dudas será perfectible y sus normas habrán de renovarse con cierta periodicidad, con el auxilio (no el bloqueo) de la ciencia lingüística. Pero la suerte está echada. Es un regreso sin retorno al camino propio y adecuado que asegura, una vez más, larga vida a las Academias de la Lengua.


Artículo publicado en la Revista Época (Piura) Nº 372-2006.

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