martes, 16 de junio de 2009

Solecismo

La noticia es muy triste, pero no nos fijaremos en el contenido de la lamentable nota, sino en la expresión gramatical que la contiene y manifiesta.
El madrileño Ciro Bayo, "último cronista de las Indias", feroz crítico de las peculiaridades del español americano, luego de haber recorrido una buena porción de la América española escribió, en 1906, que "el pretendido lenguaje criollo fuera de algunos modismos y términos dialectales que, por designar cosas del Nuevo Mundo son desconocidos en la Península, no pasa de ser un bodrio de solecismos, barbarismos y demás fealdades gramaticales". Se excedía este bravo intelectual que refleja, como nadie, los peores prejuicios puristas de los españoles respecto a la forma de hablar de los hispanoamericanos. Esos prejuicios se acentuaron si cabe en esos años tras la independencia de Cuba, que supuso para los españoles un desastre por la pérdida de la isla (que para todos era una provincia más) y la vergüenza de una derrota sin paliativos por parte de la armada norteamericana, que se aprestó a recibir en sus brazos a la levantisca antilla.
En realidad esos prejuicios se asientan en hechos de la realidad: el castellano se sigue transformando y es en América donde los cambios parecen mostrar mayor vitalidad y menos pudor frente a la normativa académica, tanto así que afloran en los titulares periodísticos.
Y si se hiciera hoy un nuevo Appendix Probi que resaltara los errores que anuncian las transformaciones del mañana (porque las lenguas muchas veces cambian simplemente por error), en primer lugar habría que señalar la neutralización de los relativos. El latín dejó de serlo cuando se empezaron a confundir las terminaciones del nombre (la declinación) y finalmente vino a simplificarse en dos formas (singular y plural) con la ausencia o presencia de -s/-es final (cosas que Cicerón o Tito Livio hubieran encontrado inauditas y aberrantes). Y lo que le espera al castellano es la pérdida de la expresión del caso en el relativo. Al fin y al cabo es casi el punto final del mismo proceso, que quedó sin completar del todo.
Así pues, en la escuela nos enseñan que los pronombres relativos son que, quien, cual y cuyo. Y aprendemos que el relativo debe acompañarse de preposición: en que, con que, para que... siempre que lo requiera la función sintáctica del segmento en la proposición subordinada (relativa o transpuesta). Pero en todo el castellano este sistema se está transformando y simplificando y más aún en América, como se ve en el titular, en que en lugar de utilizar la marca funcional del aditmento: la bebita a la que le cayó una pared, se emplea solamente el relativo: la bebita que le cayó.
También por eso se olvida el uso de cuyo y en su lugar se emplea que con la marca del posesivo sólo en el sustantivo: el niño que su padre es periodista.
Las razones pueden ser muchas, pero básicamente es una: los dialectos "transplantados" de una lengua (como es el caso del español en América) suelen simplificar la lengua de la metrópoli y aliviarle de elementos funcionales no del todo económicos. En este caso, la función de dativo (complemento indirecto o simplemente complemento, en términos de Alarcos), ya está marcada en el le que antecede al verbo subordinado, por lo que el segmento a la que en el fondo es redundante (el español se caracteriza por ser una lengua bastante redundante gramaticalmente hablando).
La neutralización parece que también explicaría una reacción ultracorrecta en el uso de el cual en numerosos contextos en los que resulta innecesaria e incluso pedante: "convivir con una legislación laboral que genera informalidad es un problema, el cual se acrecienta con propuestas desfasadas".
El español americano no es peor o mejor que el español peninsular, pero como ocurría en Soles (Cilicia), donde los descendientes de los griegos invasores perdían "la pureza de su lengua patria", no hay duda de que en América la lengua se muestra más desenfadadamente innovadora que en la vieja España, donde estos mismos procesos o errores más graves aún están en marcha. Tal vez por esa presunción de creerse dueños del idioma (todavía latente), creen que los americanos hablan peor y deben corregir cosas como la pluralización de haber impersonal, aunque no se apliquen ellos tampoco (en el caso del leísmo, por ejemplo, en que América se muestra más correcta) la receta respectiva. Otro día hablaremos más de ello.
La corrección es un esfuerzo colectivo constante pero a la larga inútil. Nos muestra una forma mejor de hablar y escribir en el día, pero no puede evitar que finalmente algunos de los errores que cometemos (los más persistentes y "funcionales") se conviertan pasados los siglos en la norma correcta que defenderán las generaciones venideras.